Antes de salir de su casa, incluso para ir a lavar la ropa a una lavandería cercana, Gustavo Domínguez reza. Le pide a Dios que lo deje regresar a casa sano y salvo.
Era de noche cuando Domínguez, de 49 años de edad, y su esposa Patricia Dávila, de 67, cargaron sus bolsas de ropa en la cajuela y salieron. Domínguez no tiene estatus legal. Su esposa tiene autorización de trabajo y dice que solicitó asilo tras huir de amenazas en México.
Ahora esperan hasta la noche para lavar la ropa y hacer compras. Tienen miedo de toparse con agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante el día.
En la lavandería, Domínguez descarga apresuradamente las bolsas. Dávila ayuda y habla mientras trabaja. Dávila ha notado que ahora mucha más gente viene a lavar por la noche.
“Ahorita vas a ver que más tarde empieza a llegar más gente”, dice Dávila.
Una vez puesta la lavadora, la pareja sale a comprar en un supermercado cercano mientras la oscuridad se instala en el vecindario.
Adentro, piñatas cuelgan del techo. Ollas gigantes de tamales ocupan una repisa alta junto a unas hieleras. Cada uno empuja un carrito, cubriendo distintas partes de la tienda para terminar las compras más rápido.
Dávila dice que a menudo ve a jóvenes en videollamadas con sus madres, mostrando productos y preguntando qué marca comprar.
Hay “tanto miedo que mandan a los muchachos a hacer las compras”, afirma.
Casi un año después de que el Operativo Midway Blitz terminara oficialmente, los inmigrantes en Chicago siguen cambiando sus horarios de trabajo y haciendo las diligencias cotidianas en las horas nocturnas o antes del amanecer por miedo a ser arrestados o detenidos por ICE.
Trabajadores describieron comprar insumos para vender antes del amanecer, trabajar de noche, hacer compras nocturnas y reducir las salidas de sus casas. Algunos todavía trabajan de día porque dependen de esos ingresos, pero cambian sus horarios cuando pueden. Ese cambio ha significado una pérdida de ingresos y la ansiedad constante sigue afectando la salud mental y las relaciones.
Desde comienzos de 2026 hasta la primera semana de agosto, ICE realizó 1,560 arrestos en el Condado de Cook, según un análisis del Chicago Sun-Times y WBEZ de datos de detenciones de ICE obtenidos por el Deportation Data Project. Grupos legales y comunitarios han documentado encuentros en cortes, escuelas y supermercados, y dicen que los operativos se han vuelto menos publicitados pero siguen ocurriendo como parte de la campaña de deportaciones masivas en curso de la administración de Trump.
“Nos estamos convirtiendo en gente de la noche”, dice Baltazar Enríquez, presidente del Concilio Comunitario de La Villita. “Ahora hacemos las cosas de noche”.
Enríquez dice conocer a muchos inmigrantes que adoptaron el turno nocturno como forma de intentar evitar encuentros con ICE. Una madre le dijo que le cuesta dormir después de trabajar de noche. Todavía tiene que alistar a sus hijos por la mañana cuando llega a casa. Él recordó que ella describía periodos de solo dos o tres horas de descanso, tomando siestas cuando podía.
“Me están saliendo ojeras” le dijo, según Enríquez.
Rosemary Magaña, terapeuta y directora de programas de la Coalición por la Salud Mental de los Inmigrantes, dice que las rutinas nocturnas pueden costarle a la gente las conexiones sociales que les ayudan a sobrellevar la situación. Las visitas, las salidas de fin de semana y las reuniones desaparecen.
Magaña ha sentido esa vigilancia en carne propia. Durante los primeros días de Midway Blitz, regresaba de llevar a su hijo a la escuela y pasaba el tiempo mirando coches e imaginando qué haría si los agentes los paraban. Una vez, dice, su cuello se puso tan rígido que no podía moverlo.
Dávila dice que sus nuevas rutinas nocturnas comenzaron después de que vieron a agentes de inmigración detener gente cerca de su casa. En un incidente el otoño pasado, los agentes pasaron cerca de sus ventanas mientras una niña en una patineta les advertía a los vecinos que no salieran. Los agentes la derribaron de la patineta, según Domínguez, quien dice que escuchó fuertes estallidos y que cayeron botes de gas lacrimógeno detrás de su casa y frente a la de un vecino.
Domínguez cubrió las ventanas con cobijas. Cerraron las puertas con llave y apagaron las luces. Temía que los agentes entraran. Entre septiembre y parte de octubre de 2025, intentaron quedarse en casa. Durante aproximadamente un mes, una amiga con estatus legal llevaba a Patricia a lavar la ropa y a comprar. Gustavo siguió yendo a trabajar, pero dejó de manejar.
Durante esos primeros meses de Midway Blitz, pagó viajes en Uber al trabajo, a veces acostándose en el asiento trasero. Domínguez trabaja en un almacén y carga camiones. Cuando su turno terminaba, esperaba horas a que un compañero lo llevara a casa. Otro Uber costaba demasiado.
Se puso ansioso y perdió peso, quizá entre 10 y 20 libras, dice Patricia. Se preocupa por él.
Dávila huyó de amenazas de muerte en México después de denunciar abusos sexuales a niñas y ayudar a personas a escapar de la violencia. En 2010, dos de sus sobrinos fueron asesinados en una masacre estudiantil. Ahora teme quedarse en Chicago y regresar a México.
“Estoy en medio de dos fuegos”, dice.
Aun así, atribuye a su participación en organizaciones comunitarias el haberle dado cierto sentido de protección cuando todo se vuelve abrumador.
Pero ve a su esposo batallando más con el miedo, todavía ansioso y enojado por lo que presenciaron el otoño pasado.
Gustavo tiene una camiseta de un equipo deportivo de Estados Unidos que ya no puede ponerse.
“La admiración que yo sentía por este país se ha convertido en un desprecio”, dice.
Habla de ver a padres maltratados por agentes delante de sus hijos, del dolor que los niños podrían llevar mucho tiempo después de una detención.
“Eres su héroe, ¿y te tratan así?” dice. “Lo que quieren es arrancarte la dignidad”.
Además de la ansiedad, hay presiones económicas. La pareja ha apartado suficiente dinero para pagar aproximadamente dos meses de renta en caso de que uno de los dos sea detenido.
Antes iban al centro comercial por ropa y otras cosas que necesitaban, dice Patricia. Ahora pide más por internet, comprando ropa en el sitio Shein y artículos del hogar y personales por Amazon. Comprar así puede salir más caro, afirma. Extraña encontrar ofertas en persona.
En el sistema hospitalario Cook County Health, el psiquiatra Dr. Hugo Solari escucha a diario a pacientes que viven con miedo a ICE.
“Todos los días, en la consulta, oigo a pacientes hablar de cómo tuvieron que adaptar sus vidas para evitar encontrarse con ICE”, dice Solari.
Algunos piden citas por telemedicina o recetas por correo. Otros posponen la atención preventiva por temor a salir de casa.
El estrés también interrumpe el sueño. La ansiedad dificulta dormir y la falta de sueño profundiza la ansiedad. Para pacientes que trasladan sus actividades a la noche, conseguir sueño suficiente y regular puede volverse aún más difícil. Con el tiempo, dice Solari, el estrés crónico y el sueño interrumpido pueden afectar la salud física además de la mental.
Imelda, una cuidadora de niños que no tiene estatus legal, ahora sólo acepta trabajos de niñera por la noche. Imelda es un apodo. El Sun-Times no usa su nombre real porque ella teme la deportación.
Se siente muy orgullosa de su trabajo, enseñar a los niños a tratar a los demás. Disfruta especialmente cuidar a menores de 3 años.
“Me gusta sembrarles empatía, respeto, por todas las personas”, dice.
Cuando comenzaron los operativos de inmigración el otoño pasado, Imelda cuidaba a una niña. Aún la llevaba a museos, parques y la biblioteca, vigilando por agentes en el camino. Niñeras se llamaban entre sí para avisarse sobre agentes adonde llevaban a los niños, pidiendo a sus compañeras evitar esas áreas y cuidarse.
Pero en el trabajo, Imelda trató de no mostrar su miedo.
“Y con todo el cuerpo temblando tenía que ser profesional en mi trabajo”, dice.
Le contó a la madre de la niña lo asustada que se sentía. Su empleadora cambió la organización de su trabajo. La familia también le ofreció refugio a ella y su familia en su casa. La oferta la hizo sentir valorada y cuidada.
La recordó a Ana Frank.
Ese trabajo terminó cuando la niña empezó la escuela. Ahora, Imelda acepta cuidados esporádicos por la noche, ayudando a los niños con la cena, el baño, los libros y la hora de dormir. El trabajo la mantiene dentro de casa, pero trabaja apenas unas dos veces al mes.
Imelda se consideraba alguien a quien los demás podían recurrir. A través de su voluntariado en derechos laborales, representa a la gente y alza la voz por ellos. Entre sus compañeras, ella es la que canta, baila y trata de relajar a todos. Pero últimamente se sorprende de su propio miedo, de lo difícil que le resulta salir de casa.
Pero ni siquiera quedarse en casa apaga el miedo.
Los pasos arriba le hacen pensar que los agentes han entrado al edificio. Se imagina a alguien dejándolos entrar. Considera dónde podría esconderse. Afuera, estudia los coches que pasan por si podrían pertenecer a agentes de inmigración.
Magaña, la terapeuta, dice que la ansiedad prolongada puede cambiar lo que la gente espera del mundo. Anticipan peligro y dudan de que las circunstancias vayan a mejorar. Ella lo describe como trauma sistémico, que alcanza más allá de quienes son detenidos directamente.
“No tiene que pasarte a ti para que te traumatice”, dice.
Imelda trata de mantenerse fuerte por sus hijos y asegurarles que no pasará nada. Pero ellos también tienen miedo, dice. Las salidas al parque y el tiempo de juego al aire libre se han vuelto menos frecuentes. Le preocupa que los niños asuman preocupaciones por la comida y la renta cuando deberían poder concentrarse en sus estudios.
“Todo esto va a tener consecuencias y yo lo estoy viendo más en nuestros hijos”, dice.
Guillermo Flores, de 54 años de edad, fue uno de los primeros en llegar a la reunión mensual de la Asociación de Vendedores Ambulantes. Tomó asiento mientras otros vendedores iban llegando.
Flores ha vendido comida desde un carrito por unos 16 años. Prepara vasos de mango, sandía, piña y pepino antes de salir con raspados, frituras y chicharrones.
Tiene licencia para vender y paga impuestos, dice. Tiene licencia de conducir desde hace más de 14 años sin accidentes ni revocaciones.
“Estoy tratando de hacer todo correcto”, dice.
Aun así, los reportes de acciones de inmigración en su vecindario a menudo lo mantienen sin vender. Se queda en casa un día, a veces otro, perdiendo ingresos.
Evitar trabajar de día por completo significaría renunciar al negocio que ha construido durante años. En cambio, cambia las partes del día que puede. Solía comprar la despensa alrededor de las 7 a.m. Ahora hace las compras a las 5, antes del amanecer, con la esperanza de evitar un encuentro. Sigue vendiendo durante el día, pero menos horas.
Algunos vendedores prefieren trabajar cerca unos de otros para poder ayudarse y intercambiar avisos, dice. Donde él vende, solo hay otro vendedor cerca.
Para Flores, mover sus horas de venta a la noche traería un riesgo distinto. Teme los asaltos y evita quedarse afuera después de oscurecer.
“Nos tenemos que cuidar de ICE y también nos tenemos que cuidar de los robos”, dice.
Cuando ve que se hace de noche, se va.
“Le doy gracias a Dios y lo que se vendió, se vendió, y vámonos”, afirma.
Rosemary Magaña, terapeuta y directora de programas de la Coalición para la Salud Mental de los Inmigrantes, dice que las rutinas nocturnas pueden hacer que las personas pierdan conexiones sociales que les ayudan a sobrellevar. Visitas, salidas de fin de semana y reuniones se van perdiendo.
Manuel Martinez/WBEZ
Magaña escucha a mujeres especialmente que cuidan de todos los demás mientras ocultan su propio malestar. Les preocupa que mostrarse asustadas asuste también a sus hijos.
“Puedes llorar y sufrir y también ayudar a los demás”, dice.
El apoyo comienza por que te crean, añade Magaña.
“Busca espacios que te crean, que validen y normalicen tu estrés”, dice. “Que no te llamen paranoica”.
Una sesión semanal de terapia no siempre es suficiente. Habló de cocinar juntas, compartir comida y encontrar personas que escuchen sin minimizar el peligro. La coalición ofrece círculos virtuales de apoyo gratuitos para inmigrantes y quienes los acompañan.
“Estoy aquí para apoyarte en lo que vaya a funcionar mejor para ti”, dice.
De vuelta en el supermercado, Patricia y Gustavo encuentran una fila más corta en la caja registradora y se unen rápidamente. Su ropa sigue en la lavandería. Tienen que regresar y secarla antes de poder volver a casa.
Para esas diligencias, van juntos. Pero el trabajo los lleva por rumbos distintos.
En el trabajo, Patricia limpia habitaciones de hotel mientras espera el texto de Gustavo confirmando que ha llegado a su trabajo en el almacén a las 10 a m. Si su mensaje no llega a la hora de siempre, le dijo, ella debe entender que lo han detenido.
Antes rara vez enviaba mensajes de texto. Ahora, Patricia ha guardado un año de sus mensajes diarios:
“Ya llegué”.
Contribuyó: Keenan Chen
Traducido con una herramienta de inteligencia artificial (IA) y editado por los seres humanos de La Voz Chicago